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PROFESIONALES jueves, 12 de febrero de 2015

Wiggins y Froome, una separación de hecho

Lo recordaba el propio Bradley Wiggins esta semana desde Qatar. Él y Chris Froome no comparten el maillot del Team Sky desde el Tour de Omán 2013. Hace dos años nada menos. Y serán tres temporadas completas en 2015 pues sus caminos tampoco se cruzarán.

Desde su divorcio televisado en La Toussuire en el Tour de Francia 2012 (ver el vídeo adjunto), solo han compartido una carrera, el Tour de Omán 2013. Cierto es que tenían programado disputar la Tirreno-Adriático el año pasado, pero los problemas de espalda del sudafricano impidieron el reencuentro.

Una carrera juntos en dos años, ninguna tampoco en 2015. Desde el triunfo de Wiggins en el Tour 2012, y el segundo puesto de Froome, Dave Brailsford, mánager del Team Sky, separó sus caminos para evitar una tensión que era evidente. Tampoco ellos la han ocultado. “Somos personas muy diferentes”, dijo Froome. Y es cierto. Wiggins, el ídolo nacional, campeón olímpico y mundial en pista, mágico en 2012, rey del Tour y oro en Londres. Contrarrelojista y pistard. British, rockero y cervecero. Tatuado y barbudo. Gruñón. Elegante sobre la bici. Un icono de su país. Un ídolo. Único. Especial. Sir. Ahora quiere hacer historia en Roubaix. Y luego batirá el récord de la hora. Y buscará la gloria olímpica en Río 2016. Un talento de oro. Un artista en definitiva.

Froome parece su antagonista. Rubio, blanco, nació en Nairobi (Kenia) y creció en Sudáfrica. Con pasaporte británico desde 2008 –como sus padres y sus abuelos- que no es lo mismo que ser inglés. Educado. No levanta la voz. Reservado pero abierto. Siempre con una sonrisa que regalar. Nacido como ciclista desde la modestia, desde abajo. Un parásito le comía por dentro hasta que también venció esa batalla. Escalador. Con un estilo feo, muy feo, pero inalcanzable para casi todos. Segundo en la Vuelta 2011, segundo en el Tour 2012, vencedor en París en 2013. Un profesional diario. El éxito a través del sacrificio. Hecho a sí mismo bajo el sol sudafricano y pulido en la altura del Teide. Su refugio y ahora el de tantos.

Su lucha de poder comenzó en 2011, en la Vuelta. Wiggins era el jefe de filas, después de que una fractura de clavícula arruinara aquel año su primer asalto al Tour. Froome terminaba contrato, estaba más fuera que dentro del Sky. El objetivo era ganar con el inglés, claro, pero no pudieron con un resucitado Juanjo Cobo. Le costó a Brailsford darse cuenta que la carta cuesta arriba tenía que ser Froome. Su calculadora británica le falló por 13 segundos, sus dos pupilos en el podio por detrás de un bisonte cántabro.

Brailsford quería ganar el Tour en cinco años y lo hizo al tercero. La pareja corrió Algarve, el ensayo de Dauphiné y el Tour en 2012. La tormenta estalló en la 11ª etapa. Froome atacó a cuatro kilómetros y su líder y maillot amarillo cedió, quedó en evidencia, hasta que los pinganillos frenaron al keniata. En el hotel el inglés amenazó con marcharse. “Esto es el final, yo me voy”, dijo y así lo reflejó en su autobiografía “My time”. “Fue como ir a la guerra con un plan de batalla, todos juntos en una trinchera disparando contra el enemigo, y de repente uno de tus soldados va por su cuenta a otra trinchera de forma totalmente espontánea y contraria al plan de batalla”, escribió. Diez días más tarde, en Peyragudes -gana Valverde- su compañero vuelve a  atacar y retrasa a su líder y revela su debilidad. Pero el Tour ya es suyo. Primero y segundo. Doblete. Pero Wiggins no volvería a la Grande Boucle. Poco después, se coronaba ante un país entregado en la contrarreloj olímpica de Londres, con Froome bronce, anónimo al lado del ídolo nacional.

Con el paso del tiempo, Froome reconoció su error y aseguró que todo se trató de “un gran malentendido”. Lo cierto es que no compartieron más el maillot del Team Sky. Solo al año siguiente en el Tour de Omán y en los Mundiales, pero con el mono de la selección británica. Hasta hoy. Wiggins, pese a ser el campeón defensor, no corrió el Tour 2013, apostó por el Giro y naufragó bajo la lluvia, mientras que Brailsford se apuntaba su segundo Tour consecutivo con un Froome espectacular. De hecho, ganador en 2011, el inglés no ha vuelto a la ronda francesa, tampoco el año pasado desde su patria en Yorkshire. El jefe era Froome y su escudero su amigo Richie Porte. “No me interesa si son amigos o no”, destacó el mánager del Sky en su única ambición: ganar.

Ahora bien, en diciembre de 2013, en una de las habituales concentraciones del Sky en Mallorca, firmaron un armisticio desde la premisa de que sus personalidades eran y son diferentes. “Fue una charla constructiva, teníamos que haberla tenido antes”, dijo entonces Froome. Y es que nada más que habían pasado 15 meses desde las trincheras de La Toussuire. Algo que agradecieron sus compañeros de equipo. Eso sí, cada uno ha seguido su camino. Tampoco corrieron demasiado el año pasado, 47 días Wiggo y 54 Froomey.

Wiggins firmó un 2014 sobresaliente, noveno en Roubaix, vencedor del Tour de California y campeón mundial, el título que le faltaba. Lejos de las grandes vueltas. Froome, lastrado por las lesiones y las caídas, dejó el Tour con su cuerpo machacado por el asfalto; volvió en la Vuelta y mostró su raza, aunque no pudo con Contador, segundo. Su objetivo es recuperar la corona en 2015. Wiggins, por su parte, se despedirá en el velódromo de Roubaix en abril. El mejor en la pista y en la carretera, lo ha conseguido todo, y ahora quiere el adoquín del Infierno del Norte.

Entonces, sus caminos se separarán deportivamente para siempre. Ya no volverán a ser rivales en el mismo equipo. Sabrán el uno del otro por los medios, como hasta ahora, por otra parte. Aún tienen páginas épicas por escribir y, por encima de todo, son dos campeones, dos corredores que han revitalizado el ciclismo, de la mano del mago Brailsford. Eso sí, con un estilo diferente.

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